jueves, junio 16, 2005

Un retorno forzado

Solo es revolucionario el momento antes de la revolución misma; por ello Fox es más interesante antes de convertirse en presidente.

De repente, vuelto en autoridad, nos revela que la gran emoción, la gran esperanza, era un juego mecánico de kermess pordiosera. La institución caricaturiza a cualquier personaje. Imaginen el punto más alto de la rueda de fortuna, para descender intactos, recibidos por un horroroso viejo barrigón con cara de enfado. Desearías no haber soñado tanto.
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Odio sistemáticamente a los gatos. Cuanto más colores tenga su pelaje, mas aborrecibles son. Para colmo, hay en casa de mi madre uno de ellos, una gata, que tiene tres tonos diferentes: blanco, negro y marrón.

Se arrellana en la sala, justo en el centro de ella, sobre el piso fresco y brilloso. Me acerco tentado a patearla, aun a pesar de su embarazo. Juego con mi odio y la culpa que me causaría hacerle daño. Logro vencerme y la acaricio. No sé si mis caricias sean la guerra donde me venzo, o sean la consecuencia de un largo razonamiento y sublimación de mi animadversión por el animal.

Es cierto, es un animal bello. Inútil por ello entonces, y sin embargo, no falta mucho para que arroje un número desconocido de porquerías de su misma especie. La casa de mi madre se volverá insufrible, con una camada de gatos, cachorros y aun más inútiles que la puta madre que los parió. Soy alergico a ellos. Sé que solamente es un pretexto a mi desagrado, pero con tantos de ellos deambulando por ahí, hasta mi odio se volverá irrespirable.
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Por cierto, si me leen aquí, gracias. El otro blog está perdido en manos de otra persona que lo robó-hackeo. Es difícil creerlo, pero no me importa. Creo que incluso sobra decirlo y es ridículo o pretencioso, como si tratara de ocultar alguna amargura. No es así, pero si les entretiene creer que me hallo encabronado, que así sea. Me gusta complacerlos. Si en el blog pasado complací a sus madres, que sea este el comienzo para acompañarlos en la busqueda de sus placeres.

Ordo ab Chao

martes, mayo 03, 2005

Reacciones adecuadas

Antes creia que todas las desgracias del mundo demandaban el silencio completo, la sordera punitiva más grande. Hablar, decir cualquier cosa, era una inmundicia frente al significado alegórico de un niño muriendo de hambre, por ejemplo. De pequeño el valor de las imagenes, sobre todo aquellas imposibles de vivir, aquellas que simbolizaban el dolor ajeno, la otredad a través de la inmundicia humana más inconcebible, eran la demostración de que el hombre no merecía el lenguaje y la belleza de su sonido.

Luego entendí que la injusticia - y ya no creo en ese rasero de lo justo y lo injusto - se evitaba gritandola, hablándola siempre, mientras la señalas con el dedo. Un "Yo acuso" a la Zolá reivindica el valor del lenguaje, sustituyendo el silencio por una inconformidad de símbolos y sonidos. Hoy en día, lo que no suena o lo que no simboliza algo, no se encuentra en el podio ni está protestando. El silencio, incluso, es utilizado en manifestaciones como escándalo, abaratandolo. Todo silencio debe ser incómodo, como una reunión de personas que no se toleran.

Esa utilización del silencio me parecía repugnante. El silencio es el castigo por nuestra incapacidad de ser hombres, de reivindicar el significado de la escencia humana. Todo aquello que rebasa esa escencia, su dolor colectivo, su inasible desvario histórico, carece de mayor expresión. El dolor y la desgracia humana no puede extraviarse en la confusión de las interminables interpretaciones que existen para plasmarlo y mostrarlo a los demás. Yo solo concibo el silencio.

Nada, ninguna carta, ningún aforismo, poesia, alarde literario, adjetivo preciso, ni siquiera los lienzos o lo pictórico me parecen pertinentes. El multitudinario matiz del dolor humano no debe convertirse en una diversidad de formas para expresarlo.

¿Ahora que supongo? No lo sé, pero estoy seguro que consagrar la miseria humana en un lamento colectivo es de lo más asqueroso y repugnante. Prefiero la indiferencia. Como la dedicada al perro atropellado en la calle. A nadie le importa, y creanme, sería molesto que alguien tocara tu hombro y te hiciera sentir lástima por el animal, señalando su desgracia.

Ahora creo que es más sencillo evitar la culpa que la inmundicia humana. Si no puedo evitar tanta porquería, por lo menos puedo evitar sentirme culpable. Y voy mejorando: ya no me provoca ni risa ver un perro destripado. Algún día podrán hablarme de niñas violadas, dictaduras, atrocidades, y no sentiré absolutamente nada.

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jueves, abril 14, 2005

La forma justa de jubilarse

Hasta el día de ayer y desde enero han muerto 118 cabrones en este culo de ciudad. Quizá hoy, más tarde, al escuchar las noticias de la radio o leyendo el periódico, me enteraré que se unen uno o quizá dos cabrones más a la cifra. En días cuando la Muerte toma café - o fuma crystal - probablemente sean cinco cadaveres. La población de muertos en esta ciudad es igual de impredecible que la llegada de migrantes. No quiero saber por que.

Como sea, le comenté a mi viejo en tono de sorna lo estúpido que era vivir en esta ciudad. Deberían largarse a Quintana Roo, le dije. Con el hombre jubilado y mi madre a un paso de la misma suerte, ambos deberían ir a criar a la última tanda de mocosos que engendraron tardiamente en esta ciudad o fosa común que no termina de llenarse. El señor, como siempre, murmuró algo sin importancia y continuo preparando el desayuno. Acababamos de oir en la radio las notas policiacas.

Insistí rememorando la comodidad de la vida chetumalteca. Playas, lagunas, cenotes, calles vacias, poco tráfico, gente pasiva, todo cercano, todo inmediato, apacible y lento. La vida debe ser lenta. Usted podría irse los fines de semana a Bacalar, rematé. Llevar a mis tres hermanos pequeños al colegio ya no tendría nada que ver con el tráfico de Tijuana, sus taxis y sus calafias. El viejo sonrió, y cuando sonríe, lo sé, significa que sus fibras internas se conmueven. Mi viejo sonríe hasta para llorar. Quizá la sugerencia debió enternecerlo.

Qué hacen mis viejos en esta ciudad es cosa que ignoro. Si se largaran pudieran rentar sus casas de aquí y vivir de ellas en la enorme casa chetumalteca donde disfruté mi infancia. Incluso alla rentarían dos propiedades extras que poseen, y nada les faltaría. Esa reticencia o necedad por esta ciudad me hace suponer que se resisten a envejecer, y que aun exploran el sinsentido de una paternidad tardía, la última resistencia o rebeldía que les queda - por lo menos a mi madre - para sentirse viejos, jubilados e inmóviles.

Yo no soy necio. El día que envejezca me largaré a Quintana Roo a disfrutar la herencia de mis padres. Moriré en la misma casa donde germiné mi infancia, y mi vejez será una forma de recuperar la vida que pude tener. De viejo seré aquel chamaco que recolectaba sabandijas, insectos y plantas en el patio de aquella casa. Le daré por el culo a esta espantosa ciudad, y mi senilidad consistirá en mecerme en una hamaca, tal como hace mi padrino al calor de las tardes chetumaltecas. Ya verán estos hijos de puta tijuanenses lo que es reir al último.

miércoles, marzo 16, 2005

La legislación de la perrada

Cuando el delito es rampante y molesta a las buenas conciencias, lo único que se les ocurre es agravar las consecuencias para los delincuentes.

El gobierno, demagógico, pretende dejar la aplicación de las leyes al juicio exacerbado de la perrada, que clama justicia medieval para los malandrines; eso incluye castración, rebane de huevos, marcas en el cuerpo, ejecuciones públicas y mutilaciones en general.

En esta ciudad hipócrita hay tanta matadera, secuestro y violadera de chamacos, que las buenas conciencias y la gente bonita supone que el crimen nos ha "invadido", cuando en realidad los criminales emergen desde la misma sociedad afectada.

Los imbéciles adoptan criterios parecidos al frances y al aleman de siglo XIX, cuando culpar al judio, al gitano o al extranjero, era la forma más adecuada de justificar el crecimiento del nuevo crimen metropolizado.

Aquí la gente piensa que los delincuentes vienen de otros estados, de la migración constante. Supone que el problema, entonces, es la llegada de nueva gente, y no la falta de infraestructura, programas sociales y alcance policiaco.

Ergo, quieren castrar y ejecutar a probables inadaptados por delitos que el gobierno no puede prevenir. Sin mejores remedios, dejan al juicio colectivo la aplicación de la justicia, y así todo mundo se lava las manos y las responsabilidades se pierden en el anonimato de leyes más fuertes y justicia victoriana.

Y carajo, me es irrelevante cuantos siglos de carcel pretendan enjaretarle a los violadores y secuestradores. Lo irrisorio es que el mismo temperamento se repite en cada ciudad asolada por el crimen.

Seamos, sin embargo, sinceros: el único crimen que existe es contra las buenas conciencias y la gente acomodada. Lo que sufren los mugrosos, los perros de nadie, los niños desnutridos y las esposas sin dientes por golpizas se llaman estadísticas, crimenes de nadie.

Ya sabemos quienes son los culpables de la existencia de leyes estúpidas y absurdas.

martes, marzo 08, 2005

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He vivido en fronteras toda mi vida. En la del sur y en la del norte. Hablar de fronteras es un boleto de avión, y una cursileria.

Entre platanares, y ese olor dulzón que emanan todas las cocinas, crecí en Chetumal, que esta apenas a diez minutos de Belice. Una ciudad- pueblo que podías recorrer por todo su bulevar bahia, hasta detenerte en Calderitas.

Y hoy no explico tanta algarabia por Tijuana, la ciudad donde crecí la otra mitad de mi vida.

Un agujero hostil, indisoluble y lamentable; Tijuana me parece una grave exageración que solo se permiten los desconsolados, los que quieren explicarse por que carajos viven aqui todavía.

No me hablen de interpretaciones o tercerias nacionales. Cualquier consideración o sortilegio teorico respecto a Tijuana es mero protagonismo. Yo creo, más bien, que esta ciudad es un espiritu deseoso de dar explicaciones. Todos los que se desbordan por Tijuana parecen necesitados de dar su versión, su explicación por la ciudad.

Pobres, pues realizan un trabajo de fantasmas. Las voces en cualquier espacio siempre son pasado. Cualquier eco es señal de un discurso viejo. Cualquier descripción, para Tijuana, es el playback de los espectros que tiene una casa embrujada.

Chetumal, en cambio, se describe en su silencio. La gracia febril de su gente, sus mortajas preparadas en su irrelevancia mediocre, anticipan cualquier opinión. Nadie vive de oquedades, y lo vivo no es un accidente, ni se encuentra accidentado, burdamente impedido de avanzar más, como un mojado detenido por la migra.

Las mejores ciudades son las que no necesitan definirse.

En fin...

miércoles, febrero 16, 2005

El fracaso militar

Trabajar en el ejercito puede llevarte a la ruina. A veces lo pienso. Salir de la nada hacia la nada, portando arma y galones de teniente, oscurece toda sensación de protagonismo. Tengo la certeza de que todo soldado se siente fuerte pero fracasado.

No es la perdida de la identidad, ni el caracter disciplinario, colectivo y hasta promiscuo del ejercito. Es una seriedad que se ajusta según tu jerarquía, y una autoridad que - yo por lo menos - quisiera abandonar y cambiarla por una camaraderia utópica.

No me gusta ser teniente, es decir. Lo paradójico es que tampoco quisiera ser tropa, vil soldado raso ni por lo menos sargento. Ser el primer eslabón de los oficiales me provoca pereza, solo tolerable por la existencia de soldados rasos, cabos, sargentos y subtenientes.

A veces me entretengo observando las miradas de mis subordinados. Son como lastres bien uniformados. Si no usaran el verde olivo y las botas duras, llevarían puesta ropa raida, de segunda mano, y un par de tenis hediondos, blancos y desgastados, y sin duda trabajarían en una maquiladora o sembrando campos.

Este ejercito esta formado de perdedores solemnes. Aqui el fracaso tiene una fecha célebre - 19 de febrero - y una lista de efemérides. Cualquier rasgo de autoritarismo nace, por consecuencia, de la frustración y no de la disciplina.

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miércoles, febrero 09, 2005

Mi sana memoria

Recuerdo el estertor final de este amor apócrifo. Ahora, en lo último, tolero todo.

Tolero que respondas mis llamadas con recibimientos frios e indiferentes, por que supones que te hablo para buscar tu paciencia, tu misericordia y los últimos destellos del afecto que te queda por mi.

Tolero que uses todos los eufemismos del planeta, las evasivas más infantiles y la cortesía maleducada para explicarme, indirectamente, que no tienes ganas de verme.

Tolero que me expliques lo feliz que ha sido tu catarsis, lo liviano que sabe tu olvido, y como tus pasos están acompañados, por que "has salido con muchos" y la música y tus acostumbrados placeres no dejan de fluir.

Tolero tu condescendencia, tu antifaz de palabras invertidas, de posturas distantes. Tolero esa nueva sazón de amistad, fria, como si hubieras olvidado el intercambio de saliva, placeres y amores.

Pero no tolero que me hayas convertido en un cliché, y que para subsanar pérdidas debas cometer toda clase de ridiculeces, saliendo con otros, sustituyéndome, con el pretexto hollywoodense de sanar las perdidas "acompañada".

Y ojalá se te pudran las entrañas cuando le abras el cuerpo, cuando te conviertas en un receptáculo de semen, en pago por haberle usado como receptor de tus penas y olvidos de serie televisiva.

Por que ahora se, ya no en el fondo sino completamente en la superficie, que uno debe escoger quien lo recuerde, que uno tiene el derecho de ser memoria de otros, y es nuestro deber escoger esas personas.

Y ciertamente, tu manera de recordarme, con todas las fotos mias que guardas, todas las menudencias fetichistas, y todas tus alegrías corporales, será el mayor de mis arrepentimientos, el mayor de los insultos a mi memoria. Prefiero el olvido completo o la intrascendencia desagradecida, que tu manera de recordar.

Nunca me ha gustado sentirme en una película...asi que, por favor, olvidame.

martes, febrero 08, 2005

Uno

Cierta mariposa azul erró en arrojar su larva y ésta termino en un fuente, donde un viejo inconforme, a punto de reventar, tomó un trago de agua antes de dirigirse al sindicato donde había estado afiliado toda su vida, y de donde le enviaron una carta diciendole, palabas más o menos, que toda su pensión había sido robada.

Llevaba una pistola, y cuando dio el trago también cargó con ese gusano gordo.

Y esas orugas, hijas abandonadas de una mariposa azul, son lanzadas a la tierra, donde engañan a las hormigas, ciegas todas ellas, para que las arrastren a sus hormigueros, donde viven la gran vida, criadas como hijas de la reina. Esas impostoras.

Esos ladrones.

Y el hombre con aquella oruga en las entrañas, después de espetarles aquella frase, abrió fuego contra cuatro sillas vacias. En el lugar, la baldosa simulaba rios, arterias pintarrajeadas en un blanco rutilante. La oficina ausente, y ese espectro de agua y tierra en sus encias, lo convirtieron en un brote, un boquete poco hondo, hacía donde corrían las últimas hormigas, arrastrando la equivocación del trabajo honrado.

lunes, enero 31, 2005

Mezclando tragos

Esta es la formula para preparar mi Nepente, ese trago benévolo pero triste que cura el dolor a cambio de un gran precio, el olvido...

Tomas el cliche gástrico de una pequeña cama sobre tu alfombrado piso, rematado con un enorme televisor, tu película favorita y tu boca alrededor de mi falo; yo sonrio y te digo cuanto te amo.

Lo mezclas con el contraste de una habitación iluminada pero fria y la oscuridad cálida del interior de aquellas cobijas. Revuelves todo eso con un cuerpo denso, amortajado entre tus piernas, que decide penetrarte lentamente; mientras te sonrie te dice de nuevo cuanto te ama.

Coges varias rebanadas de aquellas risotadas incipientes, con bocas amplias y dientes grandes, que se abren iluminando una diversión que debió nacer culpable. Exprime cada una como si fueran rodajas de una absurda naranja blanca, la más dulce de todas, quizá otro fruto estúpido de pecado.

Lo entreveras todo con estupor, o con esa perpetua mirada descarrilada de la borrachera y el letargo. Mezclas vigorosamente hasta lograr un caldo espeso, pesado como nectar, pero empalagoso.

El interruptor, la parsimonía que tu madre echó a la calle, para regresar hecha una puta, la tomas y la destilas hasta lograr de ella ese torrente de orgasmos que juraste desconocer hasta mi entrada en tu recamara, la noche que me leias poemas de Khayyam. La poesia, por favor, exclúyela de la receta; nunca me ha gustado su sabor imbécil.

Aquí, conmigo, usando todo lo tenue que queda aqui, en las equidistancias y paralelismos, podrás escurrir esas migas, esos granos rotos que pretenden florecer, y que se atoran en los dientes, en la garganta, con esa misma pesadez que nos provoca el llanto en las entrañas.

Y te lo bebes...

Y asi olvidas, o por lo menos, lo ridiculizas. A veces el ridículo es otra forma de olvido.

lunes, enero 24, 2005

La pradera y el agujero

La razón primordial de muchos escritores es la inmensa estepa contemplativa en cada retazo de literatura que se llevan a la boca. Para el ordinario, el escritor que cabe en todas las concepciones, la escritura lo vuelve plano, llano y fértil. En esa fertilidad se regodea, e invita a extraños a sus abruptos andaluces.

Sin embargo, sigue el hombre buscando praderas y uniformidades dentro de si. El común denominador, al tornarse taxativo como para el ejercicio de una botánica literaria, asume mayor valor al que redacta. El escritor mismo aprende que él es más valioso que su labor. Así, la tabla de valores fundamenta ese temperamento banal y ególatra del artista, del escritor.

Yo, que al paso del tiempo debo aceptar la ruindad implícita en la existencia humana, no tengo otra ironía que nulificarme, irme en un deterioro que huye, lo reconozco, de las precaridades del narcisismo y la ambición.

Aunque dicha nada sea incluso el más común de los lugares, incluso cuando negar arrastre una duda constante, atónita y angustiante, la prefiero mil veces al ensueño burdo de trascender a través de lo que escribo.

Por eso, aunque lo más tangible sea el creador y no su obra, espero hallar un día la agresta novedad de no ser nada. La nada es irreprochable, y es imposible disolverla. Es un absurdo "aqui NO me tienen". Es un acto de no presencia.

He ahí lo más adorable de la literatura: la salida de un ser absoluto, la falla tectónica en la pradera enriquecida del que escribe; un enorme agujero que succiona todo a guisa de hoyo negro.

No supongo el hallazgo de otro subterfugio...eso espero.

miércoles, enero 12, 2005

Acta de defunción

Hoy, miercoles doce de enero, para la posteridad de nadie y el probable uso de la razón, queda inscrita aqui un acta de defunción, esto para recordar a todos los dolientes lo imposible que es revivir las cosas con el recuerdo.

Este día, para registro frio y colindante, dejamos fe ciega de la muerte clínica y total de algo inútil para otros como es el amor entre dos personas.

Como señas particulares del fallecido, esta oficina encargada de evitar la resurrección de los recuerdos describe lo siguiente:

Joven de un año aproximadamente, con signos de excesivo desarrollo y cicatrices de maltrato y negligencia física y psicológica. Caracteristicas faciales marcadas, con violentos surcos de expresión y firmes rasgos maxilares.

De ojos enormes, amplios y claros, pero con el rabillo caido. Cabellera lacia, normal, sin mayor relevancia en sus colores. Su nariz es ancha con agujeros tensos. Su boca es estrecha pero de labios gruesos. Apreciamos dentadura manchada por el hábito de fumar.

Causas de muerte: Improbabilidad de otro día más, miedo, temor, angustia, rencor, dolor, culpa y desconfianza. El diagnostico parecía optimista, pero su recuperación fue irreal.


lunes, enero 10, 2005

El hospital de las buenas ideas

Pocas veces se me olvida que todo esta dicho, y que nada de lo que pueda decir tiene la menor relevancia. Estoy bien conciente de eso, y por eso procuro olvidarme de la estupidez implícita en las grandes ideas.

De hecho, me averguenza suponer que existen las grandes ideas, sobre todo por que ello significa la posibilidad de tener una. Jamás he tenido una gran idea. Si acaso, imagino ideas gorditas, como el tuetano que escurres de un buen hueso.

El proceso para evitar la concepción de grandes ideas también es útil para callarte la boca. A medida que eso sucede, logro comprender lo futil de discutir cualquier cosa que no sea la cantidad de sal que debe llevar una comida, o la forma correcta de guisar un huevo.

Así, comprendo que todo proceso mental dirigido a las buenas ideas no es otra cosa que una burda emancipación del contexto humano. Piensa el que no tiene otra cosa que hacer con su existencia. Los mejores seres humanos se dan cuenta que es mejor sembrar frijoles que discurrir necedades.

El trayecto hacia las buenas ideas se asemeja al paso urgente de una ambulancia hasta el hospital. Llegar, incluso, es patético. Es como recibir un tiro en la sesera, permanecer vivo, y morir justo en la cama de la clínica. Probablemente llegas con los pantalones llenos de mierda.

Solo los moribundos suponen grandes ideas.

jueves, enero 06, 2005

Casualidades de risa

No me imagino como, pero todavía me da mucha risa.

Y es que, cuando apareció otro de esos contactos desconocidos, aquellos que jamás sabes como dan en tu lista de amigos y asociados, no tuve la menor idea de que fuera alguien como ella, la mujer de doña yepez.

Ahorita que revisaba un correo que me envió Bruno Ruiz, de esos que felicitan masivamente a todos por la navidad y año nuevo, me topé con la dirección de la desconocida, la misma que durante la tarde solo cruzó tres frases y se excusó burdamente para, estoy seguro, enseguida bloquearme.

Una ligera sospecha me llevó a revisar el blog de Mayra Luna, la novia, mujer, pareja - o escojan ustedes el adjetivo, sobre todo si son feministas u odian la terminología sexista - y me hallé la misma dirección de correo.

La desconocida era ella. Y solo Batio sabe como carajos fue a dar a mi messenger.

A lo mejor es una señal inequívoca de que debo ponerle una cachetadas a Mrs. Yepez....

En fin...

sábado, enero 01, 2005

Honor y lenguaje

Que la ventisca, la lluvia, las extremidades frias y Bulgakov son el mejor telegrama para adivinar la brevedad de mis ideas.

O que, para poder expresarlo todo, me he vuelto novato asiduo en la práctica de aquello que, con ironía, me impide pensar mejor: el lenguaje.

Así, me hallo con el peor de los motines, el más insulso y fatídico: meditar sobre el lenguaje, precisando de él para entenderme.

Aborrecerlo en el mutismo de las ideas, con breves pero agolpadas frustraciones, y sin tacto alguno, saberme entregado a él, doblemente vencido con dos voces: la de mi garganta y la de mi cabeza.

Dos formas de rendirle honor. A veces, honor doble, aunque tal cosa sea imposible, pues el honor se sabe solitario y fragil.

miércoles, diciembre 22, 2004

Activismo Social y tomadas de culo

Una vez, alguien me dijo que yo era, más bien, un activista social, por oposición a escritor o cualquier cosa relacionado a un hábito literario.

Me dijo que quizá mi ámbito era el activismo social, y de inmediato me imaginé trabajando en beneficio de los más necesitados, de grupos o minorías menos favorecidas. Aunque inconcebible por el grado de idealismo que representa, supuse que sería una forma de reivindicarme, de embonar una pieza suelta y alejada de mis planes, lo parte que me toca como ciudadano de un país.

Pero creo que es imposible. Cualquier causa social me produce una enorme hueva, un asco infinito, un ridículo insalvable. Me sentiría como un payaso si me enarbolara de cualquier idea y, peor aun, comenzara a defenderla como la única válida, modificandola solo a través de discusiones estériles y exageradas.

Por que, caray, ¿a mi que chingados me importan los indigenas o la gente pobre? Cualquier signo de preocupación en mi, discúlpenme, es mera hipocresía. Yo como bien, vivo bien, duermo bien y, afortunadamente, la pobreza más extrema que puedo concebir en la peor de mis situaciones es vivir en un departamento de mi madre, trabajando como asalariado y ganando ocho mil pesos al mes.

Me es imposible protestar con el hocico lleno de carne. Difícil salpicar discursos o defenderlos bajo el calorcito de mis colchas o las piernas de la mujer que amo. Encabronadamente imposible rasgarme las vestiduras o llorar por la injusticia social cuando también se me ha dado el privilegio de llorar por onerosas obras literarias que el sueldo de un cabrón mugroso no podría comprar.

O como diría mi hermano "¿Para que deprimirse por la realidad si no piensas hacer nada por ella? Si quieres deprimirte, renta una película tristona. La realidad exige de mejores reacciones".

Me puede ver el derramamiento de sangre en Irak, y ciertamente me puede imaginar las docenas de viejas ignorantes que están siendo prostituidas en estos momentos, por no mencionar los niños mugrosos que ya maman verga por un poco de dinero. Todo ello es muy triste, pero para deprimirme, debo ser menos mezquino e invertir dinero. Por eso es mejor rentar películas o leer una azotada ficción literaria. Solo un cabrón ávaro y miserable prefiere ahorrarse unos centavos llorando con la horrible realidad que nos acontece.

Para mi, las injusticias sociales son efectos secundarios que se manifestaron muy tarde. Es la aparente gravedad humana, y sin duda, el peso de las cosas, antes de la abundante belleza que nos rodea y que hemos decidido ignorar.

Como sea, la única razón que pudiera tener para realizar activismo social sería por el efecto que me produce la miseria humana.

Es eso, y no el dolor inherente y la desigualdad que de todas formas yo no entiendo, lo que me conminaría a participar en trabajos en beneficio del mas necesitado. Me provoca una molestía enorme sentir compasión por esa pobre ralea de perros miserables. Me da una soberana hueva reprochar mi posición solo por que ellos se hallan abajo. Si los ayudara, sería para que pudiera sentirme bien en mi apacible burguesia clasemediera, y no tuviera que tolerarlos viendome tragar mi hamburguesa o mi malteada de vainilla.

Digo ¿Que otro motivo puede tener un niñito de universidad, hijo de padres profesionistas, instruido con cuanta lectura social se concibe y regenteado entre la dialectica ideológica de la educación superior, como la clase de chamacos que engrosan las filas de manifestaciones y protestas? Dudo mucho que se trate de verdadero interés humano.

Toda esa bola de mamones se sienten incómodos de ver tanto mugroso en la calle, y lo único que se les ocurre es sublimarlo con un desgastado y pedorrado discurso marxista y cheguevarista, o quizá con una retahila romántica de ideas que propone la democratización social.

De hecho, esa calaña de cabrones me desagradan aun más que los mismos opresores. La dinámica entre el opresor y el oprimido es, incluso, hasta lógica. Pero la existencia de un libertador, ajeno a los mecanismo de opresión, me asquea de sobremanera. Mira que bajar de tu pedestal para salvar al necesitado es tan de violines y orquestas.

En fin...

sábado, diciembre 11, 2004

El Batio que yo concibo

Nunca he pretendido darle definición al concepto Batio y Batiano. Aunque desde el principio argumentaba uno, para fuero interior, preferí que este fuera un dogma, precisamente, libre de dogmas.

Una institución alegórica, más que nada, y ahora, con el post de mi apreciable hermano, Armando Sámano, comprendo que todos conciben a Batio de diversas formas, tal y como nos hubiera gustado que fuera.

Batio, o Michaelangelo Batio, es un guitarrista glam, un tipo de jeans apretados y chamarras de piel negra rematadas con una melena esponjada y una especie de porte sobremaquillado, exagerado y burdo, de aquel concepto o legado que nos dejaron bandas setenteras como Led Zepellin u ochenteras, como Poison.

Todavía toca, y su habilidad es la de utilizar una especie de guitarra de cuatro cuellos, e irla girando, llegando al paroxismo de tocar dos guitarras al mismo tiempo, en distintas afinaciones y con efectos diferentes. Obviamente, la impresión pasa de la risa a lo definitivamente absurdo.

Sobre todo ahora - y antes - cuando ser artista suele estar tan relacionado con la pose, con el desmán o el identikit. Parece más relevante un hombre haciendose artista que haciendo arte. El arte, incluso, es una prolongación de su deseo de ser artista, y no una actividad en si, sola y con la única responsabilidad de su mensaje.

Pareciera que el arte comunica a artistas, sobre todo por que nadie que no sea artista se interesa en disertaciones estériles, del tipo que protagoniza Heriberto Yepez con aquellos intelectuales que le ofrezcan "posgrados" en el ascenso piramidal de las jerarquias culturosas. Todo lo escrito, pintado o fotografiado, me sabe a una especie de autoafirmación, a un "miren que talentoso soy".

Batio, mi Lord Batio, era una parodia de dicha analogía - o codependencia, quizá - entre el ser, el ser para otros, y el hacer como actividad dialectica. Pensaba que la ridiculez, la exageración de mostrar, a guisa de show cómico o absurdo, el talento indudable de un hombre para tocar dos guitarras, hasta cuatro, con habilidad ambidiestra, era la representación correcta de todo artista, incluso de aquellos que escogen la sobriedad como caracterización de su arte.

Si, de aquellos artistas que suponen la sobriedad y la modestia como la via correcta, cuando lo que desean es ser notados por eso, precisamente, y aplaudidos por carecer de desplantes. Caray, incluso la modestia es otro desplante. Todo, cualquier cosa, que no sea actividad artística, en un creador, es un desplante. El caos sobreviene cuando el arte y el desplante se confunden. Todo se va a la mierda.

Ahora, a más de un año desde que mi hermano y sus amigos bromearan con Batio, elevandolo a deidad, existimos muchos ya que adoptamos el Batianismo como una forma de pensamiento o, por lo menos, de comunicación. Esto, carajo, no debe ser tomado en serio. Lord Batio, ante todo, no desea ser tomado en serio. Parte de su fortaleza reside en ser una simple broma, o quizá un objeto con muchas definiciones, producto de lo que cada quien ejerce en su discurso, al escribir un blog o al lanzar una diatriba.

El Batio que yo concibo no es el mismo que Sámano concibe, y ciertamente, tampoco es el mismo de Semidios, de Beam, de Ury, del Search o del Zónico - que ha sido iluminado ya en la búsqueda de verdades batianas -, ni de cualquiera que se honre en adoptar a Batio como una forma de insultar a cualquier manifestación de egos o autosuficiencias intelectuales.

Cuando pensé en una Iglesia Batiana, supuse que nadie que se considerara serio desearía formar parte de ella. Nadie que deseara ser aplaudido por su impresionante intelecto diría que forma parte de algo tan ridículo y absurdo como una iglesia dedicada a un guitarrista con la habilidad de tocar cuatro guitarras al mismo tiempo.

Ese tipo de gente forma otra clase de tertulias, o grupos de poder. Son las islas y archipielagos de Carlos Fuentes. La bola de niños confundidos y con aspiraciones literarias que persiguen a Yepez, como Juan Carlos Reyna o Mayra Luna, que destilan el estilo de su maestro a varios verstas de distancia, con la misma ridiculez que nosotros, los batianos, regamos el estigma de Batio por toda la blogósfera.

Pero no hay nada peor que un clown que se toma en serio sus chistes. La pantomima inicial del arte, de sus conceptos, el hecho de que sirve para complacer los sentidos humanos, debería recordarle a cualquiera el espectáculo que todos montamos, uno por cierto, que cada vez tiene menos espectadores y más drama que contar.

Supuse, entonces, que ni siquiera la chamacada, tan urgida de reconocimiento por los escritores consagrados, tan necesitada de ser linkeada por (en)Fadanelli, Yepez o alguien asi, se tomaría en serio la idea de burlarnos de ellos, en una parodia de lo que ahora son las tertulias intelectuales.

Pero me equivoqué - como muchas veces - y a la lista se unieron tipos memorables y entrañables, cabrones talentosos e incisivos con una capacidad intelectual que me sorprende. Perrada como yo, con algo que decir, como toda la ralea humana, y con el gusto de hacerlo al estilo de Batio, si es que existe un estilo tal.

Un estilo que probablemente sea la sorna o la burla de pobres instituciones como Villareal, Yepez, Fadanelli y otros. La burla de muchos que leen para engrosar su ego y su necesidad de ser reconocidos como intelectuales, con la obligación cuasimoral además, de lanzar verdades absolutas al universo, que parece tener colgado un puto letrero que dice "lanzar verdades absolutas aqui, pues al parecer me hacen falta algunas".

Ese concepto general, ya revisado pero en el olvido, de que al conocimiento le acompaña una soberbia, una especie de estigma insuperable, que se repite a través de los tiempos, aun cuando hayan existido observaciones sobre lo detestable de ello, para repetirse con el paso del tiempo y nadie parece reparar en ello. Una postura o comportamiento intelectualizado, que nos hace creer la existencia de un subconsciente colectivo en materia de arte y conocimientos. Anacrónico, además, e insulso.

Nadie que quisiera salvaguardar su ego literario, su ambición de porte literario, y todo aquello que los hace proyectarse como artistas - la actuación acompañada de la teoria, el perfomance conjugado a un buen chiste - podría tomar a Batio en serio, y eso también era lo esencial.

Sobre todo por que ni siquiera nosotros lo tomamos en serio. Batio es una representación fusiforme para cada uno de los que le citan. Carece de estructura, y creo que cada quien lo teoriza a su conveniencia, aun cuando aparezcan batianos, como Armano o yo, que conciban puntos al respecto. Batio, como concepto, se desarrolla en su práctica, y si mañana alguien decide utilizarlo para insultar a su madre, será tan batiano como el más teórico o anticulturoso de los demás.

El punto es que, después de todo, Batio queda salvaguardado de los culturosos. Repito: nadie que sea culturoso, necesitado de becas y de la seriedad necesaria para publicar en letras libres y todas esas instituciones nocivas de cultura, hablará de Batio. Lo considerará una estupidez, y como estupidez lo concebimos nosotros también. El asunto es que yo, por lo menos, ya no tengo una porte que sostener o una figura literaria que (de) formar. Ya la perdí - espero - al escribir en el Chango #100.

Aclaro, sin embargo, que si algún culturoso se hace una camiseta de Batio o pinta un cuadrito o le escribe un poema, me viene valiendo el mismo pepino necesario que me ha llevado a recrear toda una teoria, ridicula sobre todo, al respecto.

Así, con esto, creo que cada quien puede hacer de su Batio un papalote y volarlo para donde sea.

Salve oh Lord Batio...juar juar juar

jueves, noviembre 25, 2004

Definitivamente carezco de futuro literario

Mañana, que es cualquier día, cumpliré veintcinco años. Lo único satisfactorio es saber que es un año más uniformado, con grado de teniente, y con una pistola fajada o prendida a mi cintura.

De esta forma, envio cualquier sueño y pretención literario sanamente al carajo. Cambio la imagen romantica que anhelan los pobre niños inmiscuidos en el arte, por una silla y un escritorio en el departamento de justicia militar.

Los viajes, los vinos, los rebuscamientos con sabores exóticos, el exito literario que comulga yepez, el consuelo de tantos que depositan su trascendencia en un ambiente que pocos meritos tiene para trascender. Todo eso se va al carajo.

Y no lo reprocho.

No reprocho dejar atras la pompa y brillo que aplauden los artistas, esos seres sin aristas, convertidos en arquetipos con adornadisimos tendederos de belleza, siempre hacia lo que una voz común les indica como sublime. Lo sublime parece más real para ellos.

Para mi, interpretar el mundo a través de lo sublime, me parece frívolo y estúpido.

No me emociona viajar, ni tampoco me acalambra el culo lo lejano, lo exótico y el arcano dispuesto a miles de kilómetros, perenne por gusto general para provecho de flashes y cámaras digitales. Me causa un sinsentido tratar de buscar la belleza en ello. Las cosas se tornan lugares comunes, recursos de narrativa y largas explicaciones que le agregan sustancia a nuestras personas, especialmente cuando el arte y su parafernalia parece vivir de sentirse así: viajero, nómada, placero y contemplativo.

Que ridículo.

En un año estaré uniformado, de verde olivo, y tipos duros, figuras cuadradas, seriadas en grados y guerreras, alzarán su mano para saludar a su oficial.

Nada de romanticismos e ideas estériles. Nada de inmundicia verborreica ni talentos exacerbados por reconocimiento y vanagloria. No habrá idiotas, que no tienen ni para pagarse una cerveza, cacareando logros que saben a discurso en un funeral.

En menos de un año despertaré temprano, me bañaré con agua helada, aprenderé a disparar rifles, pistolas y a utilizar explosivos. En menos de un año habitaré la disciplina militar, durante seis meses, antes de meterme en uniforme de oficial, con derecho a portar arma las veinticuatro horas del día, todos los jodidos días del año.

Y no importará si tijuana es una frontera apabullante, ni tampoco lo postnarrativo o lo deconstructivo en algún teorema puñetizado en frases que de útiles tienen poco.

Si alguien viene a pedorrearme sus viajes monocrómicos, sus vinitos insulsos, los libros y las frases celebres que de ellos extrajo, la diferencia entre poesia, narrativa o las barbas de una idea que no le da de tragar a nadie y que mas bien tiene el proposito de mendigar una beca, me cagaré de la risa antes de darles una patada en el culo.

Prefiero tolerar la prepotencia de mis superiores, y el peso de la jerarquia. Ver la injusticia uniformada y escuchar la egolatria del poder que otorga el arma y el nombramiento oficial. Prefiero todo eso, y no por que tenga una afección por la mierda. Por la mierda no se puede tener afecto. La mierda se desparrama por doquier, y es tan barata y tan inevitable, que empalaga. No, no es afecto.

Se trata de lo siguiente:
Sueldo base de quince mil pesos mensuales, casa en zona militar, crédito para comprar auto, muebles, seguro y servicios médicos, grado de oficial con labores administrativas en impartición de justicia, desarrollo y ascenso en jerarquia a los cuatro años de servicio y una beca para estudiar mi maestria al año y medio de ingresar.

Lo único que tengo que hacer: Bajar doce kilos de peso y estabilizar mis niveles de trigliceridos. Nada de tolerar tertulias, jerigonzas aburridas sobre la situación de las letras y el mundo, explicaciones largas sobre la muerte de la poesia y la novela tradicional, ni egos desmesurados que se suponen envidiados y admirados solo por publicar un libro que nadie lee, más que la bola de pendejas que se acercan a mamarles el pito o la bola de tontos deslumbrados por el uso abusivo de palabras e hipérboles.

Ah, el futuro, de esta forma, me agrada más...

(¿Dejar de leer y escribir? No confundan. Portar arma no me impide disfrutar de mis placeres)

martes, octubre 26, 2004

Lo trascendente

En la semana, tres noches me acuclillaba bajo la misma ventana para espiar sonidos. Era la ventana de un vecino. Un hombre viejo y raro; de rostro rojizo y cabello ralo, siempre brilloso. En Chetumal, sus cabellos ralos, remojados en brillantina, eran insectos en los días más frescos, pero una verdadera mierda en los veranos calurosos.

Brincaba la barda lateral, escalando las enredaderas de estropajo y evitando rasparme con los arbustos de chaya. Silencioso, llegaba hasta la misma ventana, con la noche encima, para escuchar su rutina, la misma de siempre, a veces con personas diferentes.

Carajo, yo tenía siete años. Usaba el culo para cagar y el pito para orinar. Jamás supe que había otros usos, tanta ambiguedad. En mi parapeto, la precaución solo me permitía sonidos, y solo ahora que he crecido, me permito concebir las imagenes.

En el frescor de nuestra vecindad, escuchaba el estertor placero de un hombre, luego de otro, a veces de una mujer. Respiraciones que parecían salidas del fin del mundo. El croar de los sapos, el chasquido de las palmeras y los platanares, todo aquello era un frijol insignificante, que germinaba mientras atras de aquella ventana se reventaba una tormenta.

Mi rutina diaria escapaba ahí, como si la ventana fuera un embudo. La ventana era un hito, un boquete dispuesto en la tela confeccionada para cubrir la medianez del mundo. Los pujidos, la gemidera a veces gutural, representaban un lenguaje predilecto, que poco a poco supe, no se podía utilizar en la mesa, ni en la escuela.

Solo así, por la experiencia proscrita, útil para llevarse a cabo atras de ese ventanal, oscurecido como todo lo que se esconde, conocí la naturaleza del placer. Sin embargo, era un placer ajeno; yo no experimentaba ninguno escondido bajo esa ventana.

¿Por que lo espiaba? Por que el placer de otros, sus sonidos, me parecía hipnótico. Los gemidos de hospital me parecían tan lastimeros, tan ordinarios, aventados en camastros de paraestatal, con médicos frívolos y enfermeras gordas y velludas, que descarté el dolor como una forma de trascender; el placer, ese que escuchaba desde mi escondite, y que se filtraba precioso por el ventanal, debía ser el síntoma de que eramos perfectos, y que algo me esperaba cuando llegara mi tiempo y dejara de ser solamente un niño.

martes, octubre 19, 2004

relato sobre problemas de armas

Pertenecí al gobierno hasta que la pistola me incomodó. Jamás dije a mis superiores que me molestaba, pero cierta mañana, espejo enfrente, noté una marca rojiza en mi cadera; la moví de lugar, abajo de mi ombligo, bien fajada. Fue inútil: seguía dejando una huella incómoda, una leve laceración que además me provocaba comezón.

Intenté una funda bajo las axilas: demasiado ridícula; decidí usar una a la cintura. Tuve que quitarla por ordenes de mis comandantes, pues argumentaban que llevarla a descubierto, intimidaba la nueva imagen del gobierno. La estúpida pistola, calibre .380, era también pesada y molesta. Me encabronaba.

No servía para nada. Al principio esperaba participar en una balacera, y el único episodio ideal, me provocó tanto pavor que no recuerdo haberla disparado del todo. Además, las balas las compraba yo, y me parecía de pésimo gusto malgastarlas, desperdiciarlas sin matar a uno de tantos hijos de puta que todavía andan por ahi buscando quien les meta un tiro en la sesera.

Noté que muchos de mis compañeros la utilizaban como símbolo distintivo, a manera de arrogancia. La fajaban en la cintura, o la escondían en cangureras oscuras, donde también guardaban su charola y su identificación que los acreditaba como agentes del gobierno. Las bolsas de la prepotencia, les apodé, luego de ver como convertían a mis colegas de trabajo en marsupiales de la impunidad y la groseria.

Sin embargo, no fueron todos esos detalles la causa de mi renuncia. Ni siquiera renuncié. Me echaron. Tampoco me echaron por que mis superiores hayan notado mi pésima relación con la estúpida pistola. Fue debido a que, precisamente, la consideraron mala compañera.

La hija de puta comenzó a conspirar en mi contra. Con su empuñadora negra y su corredera aceitada, comenzó a aparecer amartillada en mi contra. Noches enteras la sorprendí entrando en mi boca, abriendo mis dientes como dentista, con toda la intención de desbocar los tiros que yo le pagaba y que jamás le reproché.

Quise cambiarla. Hablé con el armero. Le dije que mi arma no era de fiar. Le pedí un revolver, o un arma pequeña, de bajo calibre. Le dije, mascullando, que mi pistola tenía un enorme ego, que terminaría acabando con cualquiera que la empuñara. El estúpido armero soltó una carcajada y dijo, socarronamente: Lo único peligroso de las armas es quien las porta; relajate y vete de vacaciones.

Imbécil. Le cuento mis problemas, le pido un revolver, y me recomienda vacacionar. Se la arrebaté de las manos, y luego de una enérgica trompetilla, me la fajé en la cintura y salí con ella. Estaba dispuesto a remediar cualquier problema entre los dos, sin terceros, sin nadie que se pusiera de su parte.

Terminé adentro de mi auto, estacionado afuera de mi departamento. La discusión comenzó enseguida. Su enorme ojo salió a mi encuentro, y se clavó certero entre los mios, justo en mi entreceja; yo hacía bizcos para mantener la mirada, para no doblegarme ante su atrevimiento. Sin decir nada, cambió a un lugar donde me era imposible vigilarla: mi sien. Voltee a todos lados esperando sorprenderla, pero se mantuvo inamovible, presionando su enorme ojo, su profundísimo culo de catorce muertes en el cargador, a un lado de mi cabeza. Mi terror me hizo gritar, tan fuerte, que pronto fui rodeado de curiosos. No fue necesario explicarles; en seguida entendieron que la riña con mi pistola era cosa seria, de vida o muerte.

Me pidieron que luchara contra ella. Bájala me decían unos; tranquilizate vociferaban otros. Yo estaba tranquilo, y sin embargo, mi arma presionaba mi sien, casi enterrandose en los delgados pellejos que envolvian mi cabeza. Me lastimaba. La audiencia lo sabía. Por eso, uno se ofrecieron a ayudarme, y con precaución, lograron quitarmela de encima, justo cuando pensaba introducirse en mi boca para lo que, sospeché, sería su último golpe, el triunfal.

Imparciales, como árbitros intachables, también me dieron un golpe en el rostro que terminó por tirarme al suelo, y que quizá, me dieron para evitar que tomará represalias contra la estúpida pistola y sus intenciones de matarme. Me dejé someter. Era lo justo. Cuando me esposaron y me subieron a una patrulla, comprendí que por lo menos, había logrado un justo empate.

La clase de empate que perdura: Jamás volveré a portar una pistola, y jamás volveré a tener problemas con una. Ahora se que toda arma es desagradecida: termina tornandose en contra de quien la porta.

martes, octubre 05, 2004

Ideas for sale

Ahora, después de tanto teclear, recordé por que prefiero leer que escribir.

Prefiero echarme y dejar que me hagan, que la lectura se suba encima mio. Es mas sencillo así.

Escribir es participar, es vulnerar ideas. Nunca me he arriesgado cuando escribo, y sin embargo, me molesta que algo intangible y por ende indefenso, como las ideas, anden por ahí, desnuditas y malinterpretadas en palabras.

Escribir es una mala forma de desnudar a las ideas. Escribe quien es mal amante con lo que piensa. Escribe quien no ama sus ideas.

Si las amara, no las congelara ahí, circunspectas y vulnerables. No las desalojaría como saco de tierra, infértil a fin de cuentas, pues a nadie le interesa un comino lo que lee. Solo sienten indignación. La misma que siente cualquiera al ver a un niño huerfano en la calle. Eso son nuestras ideas escritas: mocosos huerfanos, lanzados a la avenida de las opiniones para vanagloria personal.

Indignación la siente hasta Saramago, pero su nobel le quita ligereza. De nada sirve que haga de su indignación una institución de aforismos e intelectualidades.
De nada me sirve el azote elemental de su Levantado del Suelo, cuando puedo recrear la emoción en el Germinal de Zola.

Escribir convierte a las ideas en lástima. Mira que dejar que otros las adopten, insisto, como niños abandonados, es la peor de las lástimas. La gente adopta ideas que lee por que le resultan útiles, para su bagaje cultural o su rosario de emociones y corajes programados.

Escribe el mal padre y el mal amante. Las ideas son tan preciosas si se quedan en el mundo de la irrelevancia. Materializarlas provoca conflictos, posturas de tres pesos y aforismos socavados en discusiones y prácticas utópicas.

Saramago se llama a si mismo el Indignado. La misma urticaria que padecemos cuando confrontamos nuestras ideas con el mundo. Pobres de nosotros que creemos que nuestras ideas pueden enfrentarse a algo tan grande como el mundo. El mundo rebasó hace tiempo a cualquier idea ¿para que tanta dialectica?

En fin...

martes, septiembre 14, 2004

La nada y los recuerdos

Soy abogado, dicen. En momentos secretos, que me averguenzan, también me digo escritor. Nadie dice ni reconoce esto último; parece estar acompañado de una gravedad, del enorme peso dentro de un arquetipo.

Creo que leia a Czeslaw Milosz, y no recuerdo si fue El Valle del Issa o Campanas en el Invierno lo que me invitó a fantasear, modificar el eje donde reposaban mis fantasias - dentro de mis sueños - y empezar a creer que, si lo escribía, cualquier cosa se haría realidad.

Si de niño escribí sobre poderes en cuerpos verdes y herbajes que se cernían sobre mi, siempre eróticas y solitarias (el mejor erotismo de mi infancia fue la soledad), era por un abrupto sabor de hojarasca, de enormes hojas tropicales, que parecían guardar todo el bestiario de aquel sur que mi madre escogió como refugio.

Vuelvo a recordar mi busqueda de tesoros blandos, comestibles; y de pepitas brillantes o rubies que servían como regalo, para volverme bello, para dibujarle una sonrisa a mi madre, e incluso para pagar la hipoteca. A veces, también, me veia muerto bajo la humedad de la selva, entreverado con gusanos, mariquitas y escarabajos.

Todo esto jamás pude escribirlo, de niño. En vez de eso, recreaba mis sueños con mis juguetes, y los enterraba en los fangos, en los lodos chetumaltecos, donde parecía llover tierra en un suelo de agua.

Muchos de aquellos juguetes se perdieron entre la tierra y las hierbas. Pienso en aquellos sueños y también se extraviaron. Lo sé por que, precisamente, los pienso y los calculo. De niño los viví, los llevé a cabo proyectado en juegos, imposibles de recuperar ahora, que mi imaginación se halla recluida en mis ideas, en frases que jamás me volverán a columpiar o a emblanquecer mis horas, con mi infancia.

Dudo mucho que Proust haya recuperado algo. El camino de Swann es una escalera eléctrica de un solo sentido. Y si tuviera que perder estos recuerdos para desenterrar hasta el último juguete, no lo dudaría: podría hasta olvidarme que soy la nada, una inmejorable nada, pero siempre divertida; ni escritor ni abogado, una nada, jugando de por vida.

jueves, septiembre 09, 2004

De cagar o escribir

(Cuando escribo esto, quisiera que los idiotas que entran a reirse en el otro blog se detuvieran a leer estas lineas, pero me detengo y me reprocho ese afan de protagonismo barato)

Me despabilo de esa necesidad de escribir, despojarte de algo al hacerlo, y ofrecerlo; siento como si vendiera algo que ya no es mio o, más bien, que nunca lo fue. Esa sensación convierte en empleado a cualquiera; pregúntenle a las cajeras de los supermercados.

Valoro tanto el acto de leer, que me repugna la idea de escribir ¿Cómo puedo aspirar a esa desgarradura, complicada además, de escribir, cuando toda la felicidad se halla en digerir, engullir todo lo hermoso que se lee?

Dice Nietzsche que el lector es un perezoso, y que solo el acto de escribir, de provocar, es válido. No hay peor estupidez que eso. Quisiera explicarla aludiendo la sífilis que padecía el estúpido alemán ese, pero los egos inflamados, la petulancia de los escritores, confirma tantas cosas, muy a mi pesar...

Escribir me hace sentir solo. Escribir me arranca las expresiones, sobre todo cuando debo buscar muchas para los personajes, los ámbitos y las espirales que obliga el ejercicio literario. Ese añejo ejercicio de crear - de escribir - me situa dentro de un gallinero industrial, donde me obligo a cagar huevos, cada vez mejores, con el objeto de hacer mi culo más grande y vaciar la mierda, muy mía mientras la mantenga en mis intestinos.

Los escritores me recuerdan, por eso, a una hembra, de cualquier especie, recien parturienta, que con el culo desflorado, sangrante aun, se regodean de sus hijos, protegiendolos a toda costa, como si solo ellas tuvieran la capacidad de parir seres vivos en este mundo, como si sus bodrios fueran el punto de origen de toda hélice de vida.

Que paran las hembras; que engendren los de culo ancho. Que caguen hijos y den a luz las perras, las vacas, las yeguas, las mujeres y los escritores, todos ellas y ellos con un culo capaz de dilatarse para dejar salir mierda o seres vivos, que al final son lo mismo.

En vez de escribir, de endilgarle a otros mis abortos o mis "hijos más hermosos", me sentaré a merodear los de otros. El hijo ajeno se cuida mejor que el propio. Llega uno a cobrarle tanto afecto, y todo es bueno mientras no te cruce la idea de tener uno propio.

(A quien engaño, si soy una pinche vaca anémica que desea parir un novillo gordo para que lo maten en alguna fiesta brava de baja estofa).

Pero si tuviera más voluntad, si no fuese un cabrón pendejo, una jodida incubadora, me dedicaría a hacer dinero. Pilas y montones de dinero. Dinero para autos, para casas, para comprarle vestidos lindos a mi mujer, ropa fina para mi hijo, trajes de diseñador para ir a pedorrearlos a los juzgados. Incluso pagaría por algunos libros, para mantener a algún hijo de perra muerto de hambre que seguirá sintiendose mejor que yo - convertido en una hormiga superficial, según su rasero - por el simple hecho de sublimar su acto de cagar letras.

Le pagaría para que siguiera convaleciente, en perpetua cuarentena contemplativa, escribiendo estupideces, y así pueda entretener mis tardes leyendolo.

Por que, debo reconocerlo, prefiero comer mierda (leer) que soltarla (escribir).

martes, septiembre 07, 2004

Heme aquí, tan pesado

Cuando sufro de miedo, de angustia, me gusta pensar en el Demian de Herman Hesse.

Releo, y el rencuentro con el miedo infantil de Sinclair me deposita en la nada más absoluta, que es otra de las razones que me invento para tener miedo.

Me doy cuenta que todo lo mio, desde la desazón al crecer hasta mis exiguos reproches hormonales, nada tienen que ver con la busqueda de mi yo, de mi individuo. Yo no soy ningún lobo estepario. Soy la nada autentica.

He decrecido. Disminuido y ya. El primer recuerdo de mi pequeñez se remonta a una tarde, en mi infancia, cuando desde un tejado calculé mi caida a un enorme montículo de arena.

Tomé conciencia cuando, al mirar hacia abajo, lo supe todo tan enorme, distante como si mis pequeños zapatos fueran mi única isla, y todo el mundo fuese un enorme oceano. Comprendí que solo era una boya, a punto de sumergirse para perderse en lo hondo, y reculé: un día sería un adulto temerario y lograría lanzarme desde cualquier precipicio, para caer intacto en los fondos que quisiera, mayúsculo en un piso firme, al fin.

Si me pregunto, ahora, atino a responder que, de caer, sería un abrupto pedazo de plomo, un arbol de caoba talado, y en vez de flotar - lo que todos los seres humanos hemos hecho todo este tiempo - me hundiría sin remedio, víctima de mi propio peso seco e innecesario.

Creo que poseía mayor peso cuando, antaño, mi ligereza me atemorizaba ¿Pisar sólido? No, ya nadie lo hace. Todos queremos ser leves. Esa es, paradójicamente, nuestro bienestar más firme.

Si antes, cuando niño, hubiese brincado como todos mis amigos, del techo al montecillo de arena, mi caida hubiese sido expedita, sin mayor preludio que una sonrisa de satisfacción. Ahora, para arrojarme - hasta de manera metafórica - tardaría agonías en caer, en tomar conciencia de que, el peso de mis miedos, mis culpas, mis temores y disgustos, me tienen anclado al techo, desde arriba, como una aburrida marioneta que jamás caerá de su escenario.

Soy más pequeño desde que crecí. La distancia del tejado al piso es más grande todavía. Lo único que se ha acrecentado, son las ideas y su metástasis, que con su contenido irrelevante, han hecho menudos mis pies y enorme mi sesera.

miércoles, septiembre 01, 2004

De preocupaciones literarias

Si me preguntan, la crítica literaria me es indiferente; a mi me preocupa que mi vecino maneje autos formidables.

Quisiera compartir las mismas frustraciones que otros escribanos, pero no puedo dejar de encabronarme, aun más, cuando mi vecino maneja un Audi TT Coupe o un Nissan deportivo z350.

No puedo reprimir un dejo de indiferencia cuando hacen observaciones sobre algún texto mio o de alguien más. También me sonrío con los sobresaltos que me comparten otros literatos y culturosos respecto a las críticas.

Que si son de mala leche...

Que si el crítico es un ignorante...

Que si su texto ha sido incomprendido...

A mi me encabrona que el tipo de enfrente, alumno de la misma universidad donde yo estudié, se pavonee en la misma calle donde algún día lo vi contando chistes estúpidos y hablando de las mujeres que tuvo, pero ahora deambule con el porte de un paterfamilias impecable, acompañado de su magnifica esposa y manejando un precioso auto plateado.

Me vale un bledo la sintaxis, la semántica, el estilo o que a través de mis textos denote una enorme ignorancia, si debo tolerar que un mal estudiante de administración me observe lleno de conmiseración desde su asiento mullido de automovil.

Yo quisiera un auto de esos. La esposa es prescindible, pero cambiaría cualquier lectura o voz literaria por pedorrear mi exito ante idiotas que lo único que tienen es un biblioteca en el cerebro, y el consuelo de sentirse sublimes y no frívolos como mi vecino.

Cambiaría cualquier fraseo y trozo de imaginación por un segundo de claridad para comprender la felicidad de mi vecino.

No siento envidia por su auto, ni por su esposa, ni por su felicidad obviamente maquillada; no se trata de envidia, y me encabrona tener que aclararlo, como si en realidad me interesara que tú, el que aqui lees, me malinterprete o no.

Por que tampoco me interesa que alguien interprete. Me puede más no poder comprarle otro juego de XBox a mi Felipe. Me siento en extremo frustrado cuando, en las mañanas, debo pedirle el favor a mi padre de prestarme el auto para dejar a mi hijo en su escuela.

Es aun más grande la frustración de llevar sus cuadernos, sus libros de trabajo, para su primer año de kinder, forrados mediocremente, con pequeñas burbujas dentro del adherente o tijeretazos torpes en los dobleces.

La crítica a mi escritura mediocre, mis ideas de borrachera y mi retórica obesa es totalmente ligera cuando, además, quiero darle respuestas a los porques más disparatados que me espeta mi hijo.

Respuestas a cosas como: ¿A donde va el sendero de la pintura que le muestro por internet o en algún libro viejo y aburrido de arte?

Me puede un bledo que la gente me hable con tacto por miedo a irritarme, cuando me encabrona de sobremanera que existan padres que, teniendo el dinero que yo no tengo ni tendré, eduquen a sus hijos como una partida de imbeciles.

Es incómodo saber que, además de dinero, carezco de la mínima preparación paterna para impedir que mi hijo cometa estupideces. Diez veces mayor que saberte incapaz de narrar una estúpida mentira que tendrá la misma relevancia que cualquier comentario al respecto.

Escribo mal, escribo bien, escribo mediocremente; el asunto es que no manejo un Audi TT Coupe, de preferencia descapotable, para pasear a la mujer que aun amo, a mi hijo y al perro labrador que me regaló Selene.

El zoquete de mi vecino quizá haya sido un estudiante mediocre, un machista que engaña a su mujer, un ignorante iletrado, un idiota prepotente; quizá no sepa escribir esta jerigonza sin insultar la lengua española, y probablemente su felicidad sea un maquillaje burdo que pasea en las reuniones sociales o familiares.

Pero por más libros que yo lea, reflexiones elevadas o burdas, letras acomodades con gracia o desparramadas como diarrea mental o un excelente promedio, yo no tengo un Audi TT Coupe.

...y francamente cambiaría la oportunidad de ser leido y criticado por literatos y culturosos por manejar una belleza como esa.


jueves, agosto 26, 2004

Revolturas

Son las cinco y media de la madrugada.

Padezco de un insomnio que desfigura. Lo alimento con tazas de café y cigarros. Todo mi estudio apesta a humo. Quisiera narrar mis momentos.

Me encuentro leyendo varios libros: Alexis de Marguerite Yourcenar, El año de la muerte de Ricardo Reis de José Saramago; releo La Rebelión de los Colgados de Bruno Travens, y para defecar a gusto, me chuto El Arte de Amar de Erich Fromm.

Leo que da lástima. Soy un lector mediocre. Quizá ocupo lentes. Ojalá pudiera conciliar el sueño cuando me dedico a leer.

La verdad es que leer me desola. Ahora no sé si he perdido el tiempo leyendo o si acaso lo gasté no leyendo lo suficiente. Padezco de arritmia para concretar mis lecturas y circunscribirlas en autores específicos.

Quisiera leer a Eckhart sin fastidio.

O acabar las obras completas del niño aburguesado de Carlos Fuentes. Leerlo es un acto que se padece. La región más transparente se halla en prescindir de sus lecturas del todo.

Quisiera retornar a los cálidos días chetumaltecos, cuando mi madre me daba a escoger: Dos libritos de Asterix el galo, o algún libro con un precio equivalente a los primeros.

Debo reconocer que recuerdo más al indómito enano y su amigo gordo, con sus menhires y sestercios, que los fraguadas lecturas de Dickens, Joyce o Herman Hesse.

Ahora resulta que, a mis veinticuatro años, leer posee una utilidad. Si deseo escribir con cierto arte, debo por lo menos digerir una paqueteria adecuada de obras literarias.

¿Por que no regresan mis tardes caribeñas, junto a Conan Doyle y Julio Verne, antes de salir a jugar con aquellos niños abusivos que disfrutaban de picarse el culo mutuamente?

O aquel día cuando Carlos, el niño que se emborrachó accidentalmente con sidra postnavideña, murió en un accidente de auto, al regresar de Bacalar junto con su familia.

Su padre estaba ahogado en cerveza; su juerga no fue accidental, pero estrellarse contra un camión que transportaba caoba lo fue del todo. Dicen que Carlitos, mi primer borracho contemporaneo, dejó los sesos sobre la madera. Fue menester limpiar cada trozo de craneo para poder venderla al público.

El único muerto. Tenía ocho años, ahora recuerdo. Puedo recordar esos detalles, pero soy incapaz de evocar el libro que leía aquellos días.

Quizá no sea un buen lector; quizá sea un jodido archivero de momentos mórbidos.

Todo aquello que interrumpía mi lectura, el ruido de los platanares, el chasquido de las enormes hierbas tropicales, el olor a humedad y el croar de los sapos cuando llovía, quedaron enquistados donde debí memorizar palabras bellas, párrafos extensos, estilos únicos y obras maestras.

Todas mis lecturas huelen a café, a gallineros, a mangos pudriendose en los patios o a la brisa de aquel malecón que compartiamos con los negros de Belice.

Trasladan el sabor de la chaya curtida, remojada, revuelta con huevos recién cagados por aquellas gallinas que morían, a razón de una por semana, asesinadas por las zarigueyas. Revientan en el sabor perdido de agua de lluvia, dulce y que templa los dientes con sus minerales que no curan nada, como especulaba mi madrina de bautizo.


jueves, agosto 19, 2004

(Haciendo segundas con Armando Samano)

No pensé en algún plan, pero sabía las consecuencias, cuando le hice el amor a Carolina, aquella vispera de año nuevo, un día antes del 2000.

De la misma forma como los cientificos olvidaron planear un posible error en las computadoras con la llegada del próximo milenio, deliberadamente decidí disfrutar de ella, cuando todavía eramos novios y nuesto amor no estaba enajenado por resentimientos, como ahora.

No puedo, sin embargo, decir que ignoraba las consecuencias. Ambos conociamos sus tiempos fértiles; ese día solo esperaba inocularse. Ahora recuerdo haber alzado los hombros y haber tenido la variedad de orgasmos más gratificantes de mi vida. Si mi hijo fue concebido irresponsablemente, por lo menos nos revolcamos en el más agudo placer que nuestro confuso amor nos permitió.

Por eso, cuando leo a los criticastros, jodidos maniqueistas llenos de paranoias, promulgando el día exacto para traer seres humanos a este mundo podrido, no puedo contener la más rígida de las sonrisas.

Paridos en mi generación, con ínfulas de ejecutivos sociales, agendando cada salto y mililitro de esperma que sale de su cuerpo. Olvidan un punto esencial: la mayoría de nosotros, engendrados en los sesentas o setentas, fuimos inevitables accidentes para nuestros padres. Principalmente los primogénitos.

Que no me vengan con planes a futuro, programas para repartir semen o momentos adecuados para meter a otro cabrón más en esta enorme lata de sardinas. Que no argumenten falta de previsión, futuros oscuros y niños que sufren.

Ese rasero estúpido para dividir a los hijos en "planeados" y "accidentales" estigmatiza. Ayuda a que algunos padres se regodeen con sus hijos, como si estos fueran aciertos o errores en sus existencias insignificantes.

¿Que prevenimos personas infelices, criminales en potencia o familias disfuncionales? No existe previsión capaz de evitar la deformación de los individuos y, aun así, tampoco la formula, un tanto utópica, para aventar hijos exitosos al maremoto social.

¿Que hay familias o cabrones que no deberían traer hijos al mundo por estar incapacitados sicologicamente o económicamente para engendrar? Vale más que, de ser así, impongamos subdivisiones humanas, además de las que ya existen por raza y estrato social, para decidir quien puede tener hijos y quien debería ser esterilizado.

Podriamos rebanarle las trompas de falopio a las mujeres pobres. Cortarle los testiculos al miserable. Exigir una licencia para traer hijos al mundo. La fatalidad que acompaña los mecanismos sociales, de todas formas, se impondría; aun asi lo disfuncional, como lo conoce la estadistica y los mercaderes sociales, siempre será inevitable.

Que cada quien decida sus momentos y haga de sus libertades procreadoras una agenda o un reloj de oportunidades. Nadie, jamás, sin embargo, podrá afirmar que se encuentra totalmente listo para educar y criar a un hijo. Ese sentimiento de preparación, de potencia progenitora, tiene el mismo talante ridículo que el boom petrolero de este país durante López Portillo.

¿Sobrepoblación? ¿Exceso de seres humanos? Primero decidamos quien merece quedarse y quien merece hacer espacio a los que lo necesitan. Que cada uno haga examen de conciencia cada vez que respira un gramo de aire o engulle un trozo de este mundo; así quizá, podamos descubrir que el planeta solo esta sobrepoblado de incapaces.

¿Demasiado cruel y horrible el mundo para traer un ser humano a sufrirlo? Claro, sería magnifico argumento para abortar niños mientras los que ya nacimos nos dedicamos a joderlo más. El mundo horrible es nuestro, no de los que aun no nacen. Permitamos que cada quien haga el mundo que desea.

O construyamos laboratorios para hacerle honor a Huxley...

Va...

sábado, agosto 14, 2004

Sin título...por hoy

Me duele el trasfondo, ¿sabes?

No se, a veces pensaba que solo significabas un estipendio, un cobro mensual en la rutina del Gran Incapaz. El cabrón que se queda con un trozo del sueldo. Antes podía pensar que te emborrachabas con lo que necesitaban mis hermanas.

Que eras un cabrón envidioso, lleno del mismo coraje que ahora me embarga, que me sosega y a la vez me despierta. El mismo coraje que, no se por que, creo que has superado. Pensaba que conspirabas, que tu odio era añadido a tu inevitable fortuna de ser hijo unico, de una mujer, las mismas que se encargan de chingarlo todo.

Ah, no puedo sino detenerme. Sojuzgar las épocas y moralizarlo todo. Pensar en nuestro padre, el Gran Incapaz como le digo en mis ratos libres. Confirmar que fuiste su gran víctima, su vestigio y olvido. Especular lo innombrable, aquello que sospechas y no preguntas, con la esperanza de sosegar el dolor del Gran Incapaz.

Y al final, pobre de todos. Fuiste primer hijo incluso para la loca de mi madre. Siempre supe de ti. Te materializas de vez en cuando en mis recuerdos, aquellos que se diluyen a un lado de la loca de tu madre, durante el verano de 1989, según creo ¿Te acuerdas? Fue en una fiesta escolar.

Que enfermas. Psicológicamente las mujeres están enfermas. Son las culpables de todo. Te las vendo, hermano. Las podriamos lapidar o simplemente burlarnos de su papel gregoriano, tipo Sofocles, a lado del Gran Incapaz. El asunto estriba en que tú te has liberado de ellas; yo aun lloro por una, y me provoca culpa.

Si, hermano. No han valido nada. Envidio tu sanidad y decisión. Tú que renuncias a ellas y yo soñandolas, sustituyendolas una tras otra. Mi mejor misogina estriba en lo siguiente: mi incapacidad de amarlas sin patearlas.

No sé que hagas de ti. Hoy me entero que existes de una forma un poco más tangible. Un tanto voluptuoso el asunto, quizás. Debo aclararte, sin embargo, que soy el desliz sensiblero de esa espesa sangre que nos une. La ligereza es imposible en mi. No puedo simplemente tomarte a la ligera. Significas algo. El problema esta en saber que.

Que estupidez. Todas las pensiones del mundo, la del Gran Incapaz incluida, son la mejor indemnización. Espero que hayas perdonado. Yo mismo cambiaria esos letargos legales de pensiones mensuales por un miligramo de sonidos del Gran Incapaz. Te los daría una vez recibidos.

Ahora que nos hemos compartido nada - la sangre del Gran Incapaz - quedamos fundamentalmente en la misma proporción. Nuestra hermandad es inexplicable. El Gran Incapaz nunca existió para ninguno. Vayamos justificando el motivo por el cual compartimos el mismo apellido. Yo, por lo menos, estoy dispuesto a ello, incluso a amarte. Me lo merezco.

Va....

jueves, agosto 05, 2004

Un post estúpido

Has oido cuando todo de repente es una soberana estupidez.

De las palabras favoritas, he ahi la mia: estupidez.

Escribir en este blog es estúpido.

No tener motivos para hacerlo, es aun mas estúpido.

Poner una letra después de otra, a manera de conformidad, es también estúpido.

Estúpido esto, lo otro, solo por que a mi me apetece, hasta que a fuerza de silogismos, me doy cuenta que no es un credo personal: verdaderamente todo es estúpido.

Y he venido cometiendo toda clase de estupideces, solo por que - estúpido de mi - creía que lo hacia por convicción propia. Ahora entiendo que obedezco a un fenómeno más grande que mis convicciones.

He sido estúpido por cuenta ajena, y eso me decepciona. Ni siquiera he sido estúpido por orgullo propio o por que, cierto día durante la mañana, abrí los ojos y me dije: desde ahora en adelante voy a ser simplemente estúpido.

Y con eso, cometeré toda suerte de estupideces.

A manera de prestidigitador. De idiota saltimbanqui que decide arrojarse por un profundo precipicio, sin paracaidas, solo para demostrar que puede sobrevivir haciendo estupideces. El Daredevil de la estupidez; no, para nada. Soy estúpido por excelencia, pero devenido por las circunstancias.

La estupidez y su fenomenología. Carajo, creo haber leido a Hegel y su dialectica trascendental. Ahora creo, que en materia de estupidez, lo mio es el marxismo. Soy consecuentemente idiota, estúpido, de caracter histórico y por reflujo de mi entorno.

Probablemente sea la estupidez de alguien más. Es frustrante cuando ni siquiera tengo control de mis propias estupideces. Pareciera que alguien más las comete, pero yo pago la taquilla.

Tiene sentido. Como muchos otros, soy el resultado de una estupidez. Un tipo verborreico, con alardes de cientifico se le ocurre prestarle dinero a una medicucha delgada, tetona, a la que le acaban de robar el bolso. La tipa, probablemente acomplejada, se enternece y, a la par, termina comiendo con el fulano, de barba cerrada, bien recortada y una de esos portes galaneros de los años sesentas.

Y se empiernan. Se mojan, se dicen esto y lo otro. Pero no cuentan con una estupidez: el embarazo. Venga de donde viene, la fulana esta embarazada. Años después le dice a su estupidez, ya de veintitantos años: no debí acostarme con tu padre sin haberlo querido y estar convencida de ello.

¿De donde proviene su estupidez? ¿Espontáneamente? ¿Cuándo sus actos, muy propios, se convierten en un fenómeno, externo y desfasado, como si fuera una espiral que escapa del ser y sus ámbitos?

La estupidez es humana, claro, pero ahora estoy convencido de que nunca será de los individuos. El individuo es muy poca cosa para jactarse de ser estúpido.

Si fuera mia, podría recuperar lo perdido, rehacer las cosas. Dicen que se trata de los actos, de su insalvable naturaleza. Yo digo que, si fueran nuestros, los actos, pudieramos rehacerlos. El hombre no tiene actos, solo consecuencias.

¿Las estupideces son actos? Dice la filosofía, creo que Kant, que los actos son voluntarios, propios y muchas veces razonados. Son hechos los que ocurren de manera espontanea y lejos del control humano. Las estupideces tampoco son hechos.

Carajo...estoy escribiendo estupideces...y la tabla de valores le dan tan poca importancia...

Al diablo...

Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris

No puedo considerar la vida de otra forma; solo asi me entretiene.

Me puedo pasar entre No considerarla del todo, o simplemente tomarla como una soberana estupidez. Viene con la razón. Aquellos que razonen la vida caen en cuenta: vivirla es muy estúpido y ridículo.

No es pesimismo. Es insalvable. Viene con el paquete de estar aqui, como salido de la nada, respire y respire, como si con ello viniera la gracia. Luego los subterfugios, los pretextos y la retahila de pesas y hierros que hacen de la existencia algo pesado, quitandole su livianez.

Motivos para vivirla debe de haber muchos. Pero el valor es inherente, no una especulación o algo agregado. La vida debe valer por si misma, y carajo, yo no doy un pepino por la vida de nadie, ni por la mia.

¿Reproducción? Siendo frios, ya somos demasiados ¿Amor, dinero, fama, exito, trascendencia, espiritualidad? Cada uno vale por si mismo. Cada pedazo de amor, de dinero, de fama y exito lleva su valor intrinseco. La vida, en cambio, parece necesitada de todo eso.

Los que viven para sus familias, para sus sueños, para ver crecer a sus hijos o nietos, me parece infinitamente más moribundos que yo. Viven a sazón de pretextos; miden la vida con valores. La vida es como un auto, desde que lo sacas de la agencia pierde valor.

Puedes timar a medio mundo de que tu vida es mejor que la de otros. Puedes tener conmiseración por tus semejantes, empobreciendote con tal de enriquecer tu espiritu. Puedes ser un hombre de dios, del mundo. Amar a tus hijos, a tu esposa, a tu madre, y honrar todos los valores y utopias que te sobrevivirán (y eso esperas) y seguirán chingandole la madre a las futuras generaciones.

La vida la convierten en un proceso de explicaciones. Negando su naturaleza absurda, sin sentido, la encaraman sobre pedestales que no se merece. Darle valor a la vida es arrojarle perlas a los cerdos.

La vida se formula y ya. El resto son meros carajismos. Enciendes el cerillo, lo utilizas y lo apagas. No pretendes hacer una bengala de una simple mecha.

¿Desesperanza o angustia? Se cura facilmente: Olvida esa estúpida costumbre de darle valor a las cosas, y de medir la vida según ese rasero. Al final podrás sentarte donde sea, por que, si tanto amor le tuvieramos a la vida, procurariamos no pisar ninguna hormiga. Somos mentirosos: Cuando vivimos, lo último que recordamos es la vida; otras cosas nos embargan; la vida es una puta que padroteamos para conseguirlas.

Venga...

martes, agosto 03, 2004

Política para encabronados

Recuerdo con ternura mis primeras diatribas políticas contra el PRI y todo aquello que oliera a dictadura, represión y corruptela. Tenía entre ocho y nueve años, y fue por aquellos años cuando un mayúsculo fraude electoral llevó a Salinas de Gortari al poder ¿Algo a favor del orejón? Si, la economía creció entre 5.4 y 6.2% anualmente.

Pensaba que un cambio de partido político sería el parteaguas inicial de una administración patriota, justa y equitativa. Carajo, incluso creía que hasta los perros de la calle volverían a hogares y todo luciría fresco y renovado.

Pero no. Los perros siguen deambulando, famélicos, y en las calles nada luce fresco, aunque quiten su estúpida propaganda. Ya un poco más viejo, mi situación, mi praxis política es aun peor que la de mi infancia. Llegué al punto de la total indiferencia. No puedo ocultar que sufro de pequeños espasmos, secuelas involuntarias, de preocupación respecto al tema.

Me indigno, me encabrono y levanto el puño cuando veo los noticieros, cuando pienso en las cámaras legislativas o cuando me entero de un nuevo traspie político. Pero no es el país lo que me encabrona, sino haberme tragado, algún tiempo atras, las estupideces de Hobbes, Rosseau, Locke y Kant. Me fastidia el tiempo perdido de aquellas lecturas. Me encabrona que, a pesar de su inutilidad y evidente timo, la gente salga cada tres o seis años a renovar ese estúpido contrato social con una runfla de mentecatos y oligofrénicos.

Rosseau era un maricón frances, y con eso me lo explico todo. Toda la teoria del Estado, el ente que a veces me genera admiración por su complejidad, se torna en una vil negociación entre la puta y el cliente. Un negocio a todas miras desigual para una de las partes.

Me vale un bledo quien roba a quien y por que. Un soberano cacahuate si el robo fue a mansalva o utilizaron designios oscuros para malversar los dineros. Me resulta irrelevante si para ello - por que al final todo se trata de dinero - cometieron actos de influyentismo, manipulación de medios, tráfico de influencias, vestiduras rasgadas, declaraciones de honradez a prueba de balas (aunque no haya quien aguante un cañonazo de dinero, diría aquel expresidente) y otras linduras necesarias para obtener lo deseado o para escribir todo un manual de Derecho Penal especializado en delitos de la administración pública. Poco importa lo anterior, tanto robo y redondeo, si el principal de todos los ilícitos, votar, lo comete un masiosare esperanzado en un cambio.

A mi lo único que me interesa es aprovechar mi tiempo y que no lo pierda leyendo más estupideces ¿La política? Solo me interesa si me ofrecen un puesto gubernamental de primer nivel, pues para hacer y decir estupideces, no hay nada mejor que te paguen treinta mil pesos mensuales, como mínimo, y además me permitan soslayar las carnes de todas las secretarias de mi oficina, las cuales escogeré personalmente para hacer de mi administración un dolor llevadero...snif.


sábado, julio 31, 2004

La Gran Puta

Mi madre es una puta. Una vil mierda. Un mojón venido a más; fea, acomplejada y puta. Mil veces puta. Cinco veces puta por cada uno de sus mayores puterias: sus mierdas, sus bacines ambulantes, remedos de ella y el Gran Sordo, los gansos que toda la runfla de imbeciles llama hijos.

Venirme a hacer el caldo espeso, pesado como las pinches semillas que le orinó el Gran Sordo dentro de la olla express que llama vagina pero que es otro culo. Mejor los hubiera arrojado al escusado, el Gran Sordo, como toda su puta vida, orinada en los árboles, esquinas y llantas de su auto y todas sus miserias de pastrana, que reposan como recuerdos, en almibar, de un llanto inconcluso y una sordera irremediable.

La puta cubiera de estertores. La salitre olvidada por Lot y que ahorita vengo a mear mientras me llega el tufo de homosexuales quemados en Sodoma, que es mi casa y la de ustedes, comprada, si que si, con el sudor de la vagina teatral, la puta de mi madre. Futura casa de citas para el par de putas potenciales, mis dos hermanas cuando comiencen a mecerse con jerigonzas sosas y las embistan por el culo, el cual ruego tengan chico, sin un soberano gramo de nalga, para que cuando las pateen les duela y sepan que el Gran Sordo fue apenas una probadita de mequetrefe.

Magro como el culo de la Gran Puta. Caido en melodrama. En sexos vaporosos que huelen a asma y son un rictus comparado al de un simio. La Gran Puta debe bramar cuando le enquistan carne en sus recien operadas muescas. Frunce las fauces como orangután entretenido; se siente amada como puta barata. La infame tuvo la osadia, el rejodido descaro, de parir pendejos con todo ese método. Que se divierta es una cosa, pero venir a parir cerotes a partir de sus cómicos mohines placeros, me provoca risa y unas ganas de arrancarme la verga y arrojarsela, sanguinolenta, a la cabeza, a ver si la confunde con plátano y se la traga como el chimpancé que es, y que siempre será.

Ojalá nunca muera, esta puta. Que nada le suceda y que nos sobreviva intacta, con el culo lloriqueando tanta vida para ella y tanta muerte para sus gansos. Que se le mueran todos sus hijos, comenzando conmigo, pues bien me lo merezco. De ahí que muera el que quiera, o todos juntos, para que ni siquiera pueda pagar tantas pompas funebres y deba arrojar sus hijos al escusado, al lugar donde debieron estar desde siempre, si el Gran Sordo hubiese hecho las cosas bien.

Que viva, ¡Larga vida a la Gran Puta! Que siga boqueando sus estupideces y miserias porque, como le arrancaron la olla de presión, en vez de parir cerotes vocifera estupideces, al ton y al tanto, con el argumento, estúpido también, de que ha pagado su derecho para decirlas. Dice que sus carnes pagaron con sorna ajena y lloriqueos bofos todo el tiempo aire, la paciencia y la pena ajena necesaria en otros para hacerse oir y notar, aguda como espero que se mantenga; viva la desgraciada y vil.

Mientras, así quiero llamar a esta casa de beneficiencia pública: Gran Puta. Así, para que sus limosnas, todo el dinero y manos que ofrece tengan el estigma de la puteria. Del dinero logrado a pulso de putear, de talonear, de ser ella, puta como ningun culo debe ser: capaz de parir a tanta mierda.